sábado, 18 de octubre de 2014

Si le castigo ¿le creo un trauma?

Desde muchos ámbitos sociales viene hablándose sobre los castigos y sus posibles efectos en los niños a largo plazo. Existen multitud de opiniones respecto a si es pertinente o no el uso de los castigos y mucho más de los castigos físicos con niños y adolescentes. Nos gustaría arrojar algo de luz sobre este controvertido tema a la luz de lo que sabemos.




En primer lugar sería interesante plantearnos cuándo aplicamos un castigo a una persona, da igual si es un niño o un adulto. Se aplica cuando ha hecho algo que resulta desagradable, poco educado o peligroso para él mismo o para otros etc. Por tanto con un castigo lo que pretendemos es que alguien deje de hacer algo o lo haga con menor frecuencia. Es decir, no enseñamos a la persona a actuar de forma adecuada, no le enseñamos la alternativa que será adaptativa en esa situación, sólo le mostramos lo que no debe hacer.

En segundo lugar es importante plantearnos que toda la inmensa cantidad de castigos imaginables para una persona o un niño puede clasificarse en dos tipos de castigo:

- Los que añaden algo desagradable a la experiencia de la persona o "castigos positivos".
- Los que quitan algo agradable a la experiencia de la persona o "castigos negativos".

Pongamos un ejemplo de castigo positivo. Juan está insultando a su hermano y le pega un puñetazo, su madre le da un bofetón. La madre de Juan ha añadido algo desagradable a la situación.
Ahora pongamos un ejemplo de castigo negativo. Juan está insultando a su hermano y le pega porque no quiere dejarle el mando de la videoconsola, así que su madre le quita la videoconsola. La madre de Juan ha quitado algo agradable de la situación.

Dicho esto vamos a explicar qué factores son los que hacen que un castigo funcione y disminuya la posibilidad de que una conducta se reduzca o desaparezca:

1º Un castigo debe aparecer inmediatamente después de la conducta indeseada. Si a Juan le castigamos sin videoconsola cuando está en el coche de vuelta del colegio porque ha pegado a su hermano, esto no surtirá efecto porque pasará mucho tiempo desde que Juan le ha pegado a su hermano hasta que ha percibido el castigo (no poder jugar a la videoconsola). Deben pasar segundos, más allá el castigo pierde su eficacia.

2º Debemos aplicar el castigo a la máxima intensidad que estemos dispuestos a utilizar. Es decir si lo máximo que estamos dispuestos a hacer pasar mal a un niño es quitarle la videoconsola, debemos hacerlo de entrada. Empezar castigando suave e ir subiendo es un error gravísimo porque los niños o adolescentes se acostumbran paulatinamente y debemos llegar a niveles muy desagradables para castigar.

3º Siempre que castiguemos debemos dar una alternativa que será recompensada, por ejemplo "si pides perdón a tu hermano y haces los deberes te devuelvo la videoconsola". Eso sería marcar claramente cuál es la conducta adecuada.

Como reflexión final, los castigos no son malos ni crean traumas si se aplican de forma adecuada. Por sí solos no enseñan cosas nuevas, sólo eliminan cosas que ya hemos aprendido. Por tanto no hay que abominar de los castigos, son solo un procedimiento más a nuestra disposición, aunque hay otros procedimientos mejores para educar, próximamente los veremos. Sobre los castigos físicos, aplicarlos o no es algo que depende de cada cultura, actualmente en nuestra sociedad no es algo aceptado en la mayoría de los ámbitos. Sin embargo hace 40 años sí que era algo que estaba bastante aceptado, cuestión cultural aunque se puede educar a un niño sin pegarle, así que ¿para qué pegarle?


lunes, 6 de octubre de 2014

Cuando la muerte llega.

A priori podríamos pensar que la muerte de una persona influye sobre todo en esa persona, ya que finaliza su vida. Sin embargo los efectos que perduran en las personas allegadas al fallecido/a durante un tiempo relativamente largo no son desdeñables. De hecho como psicólogos debemos enfrentarnos a situaciones de duelo y ayudar a nuestros pacientes a adaptarse a ese cambio lo mejor que puedan. En esta entrada hablaré sobre cómo la muerte/desaparición de alguien influye en sus allegados. Sobre todo en torno a dos casos, ante una muerte brusca o ante una larga convalecencia que tiene como desenlace la muerte de una persona.



Desde mi punto de vista que la persona que ha muerto lo haya hecho tras una larga convalecencia o de forma brusca es algo importante. Una muerte brusca provoca una reacción emocional negativa que es especialmente intensa por no haber sido anticipada. Sin embargo una muerte tras una larga convalecencia ha sido anticipada por los seres queridos, por tanto experimentan una respuesta emocional muy negativa, pero a ella no se suma la sorpresa y se han "habituado" hasta cierto punto a la idea de perder a un ser querido.

Por otra parte cuando una persona ha muerto tras una larga convalecencia las personas más cercanas que cuidan de esa persona o que simplemente la ven día a día se han expuesto poco a poco a esa situación. Por ejemplo, cuando ves día tras día a una persona apenas notas los cambios que el paso del tiempo provoca en esa persona (arrugas, amarillean los dientes, aumenta el peso...). Te haces insensible hasta cierto punto a los cambios de esa persona, sin embargo si otro ve a esa persona de año en año notará mucho más los cambios. Con la muerte de una persona pasa algo parecido, día tras día vas enfrentándote a ligeros cambios en la salud de la persona, a un lento declive hasta que llega un punto en que se va. Es decir, te has habituado -hasta cierto punto ojo- a la situación, lo cual hace que la respuesta emocional ante la muerte no sea la misma que si hubiera pasado de forma brusca.

También ocurre en muchas ocasiones que una persona concreta, un hijo por ejemplo, debe cuidar a su madre durante años debido a una enfermedad crónica. Imaginemos que nadie ayuda a ese hijo, que ese hijo se pasa 24 horas al día 365 días al año cuidando de su madre, que ha renunciado a su pareja, a su trabajo, a su vida social, a sus hobbies. Además imaginad que cuidar a su madre es una tarea extremadamente dura. Suele ocurrir en estos casos que cuando se produce la muerte, el hijo experimenta una respuesta emocional negativa. PERO, resulta que ha recuperado muchísimo tiempo para él mismo y que ya no tiene que cuidar a su madre. Esto hace sentir una respuesta emocional negativa, pero ¿es que se alegra de la muerte de su madre? No, para nada, sin embargo muchas personas en esta situación se sienten culpables ante esa sensación de alivio que la muerte de un ser querido al que cuidaban evoca en ellos.

Es habitual también que la relación entre un enfermo y su cuidador (sobre todo cuando son familiares cercanos) se deteriore hasta un punto tal que ya no quede afecto entre ambos, aunque estos casos son muy extremos y muy raros.

Finalmente me gustaría reflexionar sobre dos puntos. En primer lugar las personas que hay a nuestro alrededor hacen cosas y dicen cosas. Tanto las cosas que hacen como las que dicen a su vez nos "ponen en movimiento", nos hacen sentir cosas, nos hacen actuar. Imaginad que muere una persona de nuestro entorno cercano, una persona con la que salíamos a correr, con la que charlábamos sobre música, con la que salíamos a tomar una copa por la noche. Si esa persona ya no está, a menudo dejamos de hacer todas esas cosas, sobre todo si sólo las hacíamos con esa persona. Esta es otra forma en cómo afecta la desaparición de una persona de nuestra vida.
En segundo lugar, las personas nos hacen sentir cosas. Nos hacen sentir felices, nostálgicos, tristes, iracundos etc. Cuando una persona que nos hacía sentir bien se va -como nuestra pareja- de repente el hecho simplemente de no verla nos priva de sentir eso que sentíamos cuando la veíamos cada mañana al despertarnos. Esa es otra forma en la que la muerte de un ser querido influye en nuestra vida.

Para finalizar, ¿sabéis qué es lo bueno de todo esto? Que tenemos la capacidad de seguir adelante, incluso si se nos tuerce el camino podemos recurrir a ayuda profesional y entonces sí, podemos continuar con nuestra vida. Y eso no significará -para nada- que hayamos olvidado al ser querido que murió, o que ya no nos importe, no, eso significará que hemos afrontado de forma saludable algo a lo que -de una forma u otra- debemos enfrentarnos en nuestra vida.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Mentiras piadosas.

¿Qué es mentir? Es algo que todos sabemos, es decir algo a sabiendas de que es falso. Es comportarnos de una manera que no concuerda con lo que pensamos (como fingir que nos interesa un libro por ejemplo).  Algunos actos están en límites confusos, ocultar información por ejemplo es considerado como mentir por algunos y como algo diferente a mentir por otros. No importa, lo esencial es que la mentira es algo sancionado socialmente y puede llevar a personas a tener problemas de adaptación a su entorno, de ahí nuestro interés como psicólogos por la mentira.



Todos hemos mentido alguna vez. Podemos mentir por multitud de motivos, para evitar un conflicto, para fastidiar a alguien, para sacar ventaja a otras personas que compiten con nosotros en algún sentido o para evitar que un ser querido sufra y en último término evitar sufrir nosotros al verlo. Existen muchos motivos pero todos se pueden reducir a dos:

- Mentimos para evitar algo que nos hace sentir mal.
- Mentimos para obtener algo que que nos hace sentir bien.
(O ambas cosas al mismo tiempo).
¿Qué ocurriría si no mintiéramos jamás? Probablemente fracasaríamos en la vida ya que diríamos cosas molestas a los demás, revelaríamos secretos ajenos, tendríamos problemas en todos los ámbitos de nuestra vida. Con amigos, pareja, familia, compañeros de trabajo..., problemas everywhere. Lo pasaríamos francamente mal siendo los sinceros en un mundo de mentirosos que nos harían a su vez jugarretas de todo tipo (nos mentirían).
Mentir es un comportamiento que se da en otras especies. Algunas aves fingen estar heridas  para atraer predadores lejos de sus nidos. Con esto quiero decir que la mentira es algo que se da de forma habitual en algunas especies y la nuestra es una. Por otra parte mentir siempre también nos metería en multitud de problemas. ¿Dónde está el punto medio? No es fácil decirlo, es algo que a la mayoría de la gente le sale solo, en ciertas situaciones se puede mentir y en otras no. No podemos explicar como andamos a otras personas y tampoco cómo mentimos, el caso es que nos sale solo.

Lo importante, la conclusión es que mentir no es algo malo ni bueno. Es una conducta más y como toda nuestra conducta debe ser adaptativa y ajustarse a nuestro entorno. Mentir a lo grande, mentir siempre, no mentir jamás..., los extremos suelen ser problemáticos. Como científicos nos preguntamos ¿cuáles son las reglas del juego de la mentira en la especie humana? Quién sabe tal vez un día alguien lo investigue, hasta entonces quedaos con esta breve reflexión... (si queréis).



miércoles, 3 de septiembre de 2014

Disculpe ¿soy normal?

Los psicólogos a menudo en nuestra vida diaria nos encontramos situaciones curiosas. En general las personas que nos rodean, amigos, familia, conocidos, etc nos hacen preguntas respecto a temas relacionados con etiquetas diagnósticas o con enfermedades mentales. Nos preguntan cosas tales como "pero los hiperactivos qué son, ¿gente que no se puede estar quieta?", nos hablan de algún familiar que tiene una enfermedad desde hace años y no puede salir porque "tiene depresión" o incluso los hay quienes sospechan de algún trastorno o les da miedo tener alguno y no haberse dado cuenta.



Muchos psicólogos clínicos tomamos como premisa que la gran mayoría de nuestro comportamiento es aprendido. En nuestras primeras etapas y con un repertorio muy básico puede estar más determinado por cuestiones filogenéticas (nuestra especie y su entorno de adaptación evolutiva...) mientras que una vez comenzamos nuestra andadura por el mundo es el entorno el que tiene un papel más influyente en nuestro comportamiento (siempre en interacción con variables personales y del organismo). 


Si nuestro comportamiento es aprendido, por ejemplo no poder estarnos quietos más de 10 segundos o pasarnos el día llorando será algo que también hemos aprendido aunque no sea adecuado, esto quiere decir que si nos comportamos de esta manera es que hay algo que lo mantiene, probablemente nos está reportando algún beneficio a corto plazo.


A menudo ponemos etiquetas ya sean referentes a trastornos mentales o a comportamientos extraños en personas  que etiquetaríamos como "raros", "locos" o incluso alguna vez "normales". Todas ellas hacen referencia a cuestiones que tienen que ver con realizar una conducta que la mayoría no hace y que es infrecuente por alguna de sus dimensiones (frecuencia, duración, intensidad, topografía, latencia) muchas veces esto significa que simplemente no se realiza en el contexto adecuado.


Dado que no todos somos iguales la normalidad total no existe, todos hacemos algo de forma peculiar, sin embargo compartimos patrones muy similares en muchas ocasiones. Por ejemplo, la gran mayoría de nosotros seríamos muy similares en una biblioteca.


Llamamos popularmente "rarito" a aquel que se comporta de forma un poco desajustada y "loco" a aquel que lo hace de forma muy distinta al resto de forma generalizada pero éstos no son términos técnicos ni tampoco describen formas irreversibles de ser o comportarnos. También es importante saber que el criterio suele ser un tanto arbitrario y que lo más importante normalmente es en qué medida cada uno vivimos nuestras peculiaridades como problemáticas.


Pero esa etiqueta, al igual que otras miles no explican sino que describen nuestro comportamiento ya que las asignamos tras observar el mismo. 

Imaginemos una persona que cuando le dices "¿Hola cómo te va?" te responde "Muy bien, me va muy bien, me va muy muy bien, me va bien, bien pero que muy muy bien, pues eso, muy bien", quizás diríamos que es un rarito.  Imaginemos esta vez que la otra persona responde echándose en el suelo y simulando hacer angelitos de nieve dentro del bar. Probablemente lo primero que pensaríamos es que está loco.

Pues bien, decir "es un loco", "es un raro" o "es normal" es una etiqueta que colocamos para referirnos al comportamiento de alguien y esa misma etiqueta no es explicativa. Este mismo razonamiento nos sirve para otro tipo de etiquetas más técnicas como las que utiliza el DSM-IV, el manual de diagnóstico de enfermedades mentales por excelencia.

Las personas no hacen lo que hacen porque sean raros, normales o locos, sino que decimos que son así para describir lo que hacen. Lo contrario sería cometer el error de decir  por ejemplo que una persona hace lo que hace porque está loca, y está loca porque hace lo hace o describir a una persona que no estudia como vaga pero también explicar que no estudia porque es vaga. Es decir, el depresivo no llora porque es depresivo, al contrario, es depresivo porque llora y llora porque ha aprendido a llorar.


Las causas de que se den ciertos comportamientos las debemos buscar en el entorno, el organismo y su interacción, nunca en una etiqueta diagnóstica o popular.



domingo, 6 de julio de 2014

Cortesía y conducta verbal.

Hace tiempo leímos una noticia sobre no enseñar a tus hijos a decir "lo siento". Esta noticia nos hizo reflexionar acerca de cómo mediante la conducta verbal -en concreto mediante las respuestas digamos de "cortesía"- estamos proyectando una imagen de respeto y educación que a nivel no verbal no se corresponde. Ya se sabe... "del dicho al hecho hay un trecho".  Al hilo de esto nos preguntamos si no solo hay que aprender a sentirlo antes de decir lo siento, sino que también hay que aprender a agradecer un gesto antes de decir gracias, o a respetar a una persona antes de pedir respeto a otras personas.


Imaginad que en lugar de obligar a las personas a decir "lo siento" cuando tienen apenas 3 o 4 años, les obligan a preguntar qué deben hacer para que la persona a la que han lastimado u ofendido se sienta mejor. ¿Sabéis lo que ocurriría? Que las respuestas ofensivas, las respuestas que dañan a otros, tendrían un costo muy alto desde nuestra niñez y al final no sería necesario decir "lo siento". Al final sería muy raro ofender a alguien o dañarlo de forma premeditada ya que eso conllevaría reparar el daño de cierta forma. Obviamente estoy simplificando el asunto de la interacción humana mucho, pero dentro de un contexto en el que todos somos niños sería posible que esto ocurriera y ya se sabe "lo que aprendes de niño ya no se te olvida" ;). En el fondo lo que estamos haciendo es asociar algo muy costoso a una respuesta ofensiva y dañina para otros, para que estas respuestas dejen de ser reforzantes. A su vez estamos reforzando la emisión de estas respuestas más costosas de "compensación" -por decirlo de algún modo.

Esto pone sobre la mesa el hecho de la conducta verbal y la conducta no verbal. Las palabras adquieren su significado mediante asociación con otros estímulos -grosso modo-. Por ejemplo la palabra "cuidado" con cierta entonación, a cierto volumen, no sólo provoca -como todos los estímulos bruscos e intensos- una respuesta de orientación en las personas (de orientación es que de repente te giras, te orientas hacia el punto donde se da el estímulo), sino que también nos provoca una respuesta de ansiedad, porque hemos asociado esa palabra con un peligro para nuestra seguridad. El problema es que la correspondencia entre lo que una palabra significa en el diccionario y lo que significa en nuestra historia de aprendizaje no se da. No hay una correspondencia más o menos aceptable entre ambas cosas. La palabra respeto y la forma en que usamos esta palabra, lo que nos hace sentir, son cosas muy diferentes las unas de las otras.

Como personas nos gustaría "respetar", "sentir algo", "pedir perdón" tanto con la palabra como con los hechos, como psicólogos clínicos nos gustaría ayudar a las personas a que lo hagan y como investigadores nos gustaría saber qué ocurriría si una sociedad aprendiera esto de forma global. Con este post no pretendemos explicar algo concreto, simplemente pretendemos hacer reflexionar tanto a personas legas en psicología como a psicólogos respecto a esta posible forma de aprender a comportarse.

domingo, 1 de junio de 2014

Mejor prevenir que curar.

Como psicólogos sabemos que los problemas psicológicos son por definición problemas de conducta. Una persona puede hacer algo demasiado frecuentemente, puede hacerlo de una forma concreta que dificulta que se adapte a su entorno, puede no hacer determinadas cosas que le ayudarían. Y con "hacer" nos referimos a realizar cosas, decir cosas, pensar cosas y sentir cosas. Dicho esto podemos pensar que los psicólogos dedican su tiempo (dentro de la rama de la salud) precisamente a solucionar estos problemas. Para esto los psicólogos analizan cómo esa persona ha llegado a verse en esa situación (hipótesis de origen) y por qué en la actualidad esa problemática se mantiene (hipótesis de mantenimiento). Los psicólogos se centran principalmente en lo que lo mantiene en la actualidad, porque de ahí saldrá el tratamiento que el paciente debe poner en funcionamiento para salir de su problemática.

Acabo de describir muy resumidamente lo que los psicólogos hacemos para intervenir sobre un problema. Es importante enfatizar que se centran sobretodo en lo que mantiene el problema en la actualidad. Algunos creen que hasta ahí llega la labor del psicólogo en el ámbito de la salud, al contrario, hay otra parte muy importante en este ámbito que a menudo pasa desapercibida en la sociedad actual e incluso entre los psicólogos de hoy en día. 

Aparte de intervenir, podemos prevenir. Solo que para ello los psicólogos no deben fijarse en lo que mantiene un problema en la actualidad -la hipótesis de mantenimiento-, sino el proceso por el que la persona ha acabado inmersa en esa problemática -la hipótesis de origen-.

Por otra parte en la sociedad actual -dominada por un dualismo cartesiano bastante patente- tendemos a diferenciar entre salud física y salud psicológica. Esta distinción es errónea ya que a menudo lo que hacemos, decimos o sentimos (lo "psicológico")  tiene mucha relación con enfermedades que podríamos pensar que son puramente orgánicas (lo "físico"). Por ejemplo, hacer deporte regularmente o no hacerlo, comer muchos dulces o no comer demasiados dulces, fumar o no fumar; son conductas que influyen directamente en nuestra salud (no voy a ponerle adjetivo, la salud es una). 

Por tanto podríamos decir que hay conductas saludables y conductas insalubres. Es aquí donde los psicólogos pueden prevenir -en colaboración con otros profesionales de la salud como médicos, nutricionistas etc.- que aparezcan problemas, evitando sufrimiento a las personas, aumentando su bienestar y ahorrando recursos que de otra manera deberían ser destinados a intervenciones tremendamente costosas y que -por desgracia- no siempre aseguran el restablecimiento de la salud de una persona.

Existen estudios epidemiológicos que nos informan de los posibles riesgos para la salud a los que la población se puede enfrentar. Estos informes son la primera barrera, informar a las personas de la existencia de estos riesgos sería lo que se denomina "prevención primaria". Una vez que la población conoce estos riesgos, podemos establecer cuáles son las conductas que facilitan un problema u otro (como psicólogos), estas conductas de riesgo son las que debemos reducir y sustituir por prácticas más saludables, cuando ponemos en marcha planes de prevención encarados a esto lo que estamos haciendo sería "prevención secundaria". 

La reflexión que nos planteamos es que si ahorramos costes (que es algo obvio simplemente teniendo en cuenta los beneficios de las compañías farmacéuticas, los costes de la ley de dependencia, los costes del tratamiento en problemas cardiovasculares...), evitamos sufrimiento a personas y fomentamos su bienestar y su felicidad, ¿por qué no se plantea un sistema de sanidad que prime la prevención sobre la intervención? Desde luego habrá causas que expliquen este hecho, la duda que nos queda es si esas causas tienen que ver con intereses de ciertos colectivos o con hechos que como psicólogos no hemos sabido ver.

martes, 20 de mayo de 2014

Drogas, dependencia y entorno.

Esta entrada va dirigida a clarificar por un lado la distinción entre dependencia física y dependencia psicológica y explicar qué variables intervienen en la aparición de un efecto concreto tras el consumo de una sustancia determinada.

En multitud de artículos sobre drogas, dependencia, abuso, adicción etc., se utiliza la distinción entre dependencia física y dependencia psicológica. Antes de aclarar a qué se refieren los profesionales con esta distinción aclararé qué es la dependencia a una sustancia psicoactiva. La dependencia el estado fisiológico de neuroadaptación producido por la administración repetida de una sustancia, necesitando de una administración continuada para evitar la aparición de un síndrome de abstinencia. 

Dicho esto he de decir que la distinción entre dependencia física y psicológica a priori me resultaba un subproducto del dualismo que la psicología acusa debido a nuestra cultura occidental. Sin embargo esta presuposición ha resultado no ser acertada, al menos no del todo. Al parecer por lo que he podido averiguar la dependencia física consiste en un proceso de reforzamiento negativo de la respuesta de consumo. Por otro lado la dependencia psicológica se caracteriza por ser un fenómeno cuyo proceso básico es de reforzamiento positivo. 
Me explico, la respuesta de consumo está reforzada positiva y negativamente. En un principio sólo es reforzada positivamente ya que los efectos de las drogas son respuestas incondicionadas apetitivas. Pero cuando una persona consume de forma frecuente y continuada en el tiempo una sustancia, cuando lleva cierto tiempo sin consumir sufre un síndrome de abstinencia caracterizado por ser una respuesta incondicionada aversiva. Esta distinción nos facilita entender por qué personas que llevan mucho tiempo sin consumir recaen a pesar de que no sufren dependencia física.

Ahora bien, aunque esta distinción puede ser útil y ha sido muy utilizada -en la actualidad parece que se está quedando anticuada- puede dar la impresión de que hay algo cualitativamente diferente entre un proceso y otro. No, nada más lejos de la realidad, un proceso de reforzamiento, sea negativo o positivo, es un proceso psicológico que involucra -claro está- a los sistemas biológicos, debemos entender al ser humano como un todo y distinguir diferentes niveles de análisis sólo es útil en algunos casos, y este no es uno de ellos porque se está clasificando dos procesos pertenecientes a un mismo nivel de análisis (la conducta) a dos niveles diferentes (el psicológico referido a la conducta y el físico referido al funcionamiento orgánico de las personas).

El hecho de entender al ser humano como un todo nos lleva al siguiente punto de esta entrada, qué variables intervienen en que se dé un efecto concreto tras la respuesta de consumo. Cuando una persona consume una sustancia psicoactiva entran en juego tres variables básicas: la sustancia, la persona y el entorno. Es importante tener en cuenta todas estas variables ya que se ha investigado al respecto y se han encontrado resultados que apuntan a que dichos factores influyen claramente en los efectos de las sustancias. 

En primer lugar hablaremos de la sustancia. Existen tres grandes grupos -según los efectos que causan- de sustancias psicoactivas, los depresores del sistema nervioso central, los estimulantes y las sustancias alucinógenas. Los depresores suelen producir efectos de relajación, los estimulantes efectos de alerta o ausencia de cansancio..., los alucinógenos estados alterados de conciencia. De estos tres grupos los que tienen efectos más específicos son los estimulantes y los depresores, mientras que los alucinógenos tienen efectos menos específicos. Por tanto encontraremos más variabilidad en los efectos que causan los alucinógenos que en el caso de los depresores y los estimulantes. A su vez debemos tener en cuenta la pureza de la sustancia, la dosis, la vía de administración. Todas estas variables hacen que los efectos sean más o menos intensos, más o menos duraderos  etc. El hecho de que se mezclen sustancias o no también influye.

En segundo lugar encontramos a la persona. Se han hecho estudios respecto a las expectativas de las personas a la hora de consumir. Lo que las personas esperan del consumo influye en parámetros como la concentración plasmática del principio activo de la sustancia. Estos efectos son muy similares al efecto placebo que existe y tiene un impacto directo en algunas personas. A su vez el momento vital de una persona es importante, digamos que un proceso de duelo no estamos en el mejor momento para decidir consumir una sustancia. Por otra parte ciertas personas ante sustancias depresoras experimentan efectos más típicos de los estimulantes, hasta ahora se ha achacado este tipo de efectos a características orgánicas de la propia persona -es la hipótesis más plausible, aunque es sólo una hipótesis-.

En tercer lugar tenemos el entorno. Se ha demostrado que cuando las personas consumen en un entorno agradable, que conocen y controlan, los efectos varían a cuando se consume en un entorno desconocido o desagradable. Estar acompañados o no, que los que nos acompañan consuman o no, ese tipo de factores influyen en qué efectos va a causar en nosotros la sustancia que consumamos.

Por tanto de cara reducir los riesgos del consumo de sustancias psicoactivas es algo vital tener en cuenta que al final el resultado de "un mal viaje" o "un buen viaje" depende de múltiples factores que involucran tanto al organismo como al entorno y la sustancia. Esto deja una puerta a una pregunta ¿podemos generalizar los efectos de una sustancia a todas las personas? No, sin tener en cuenta las condiciones exactas en las que se dio el consumo, que en la práctica es sumamente difícil.



domingo, 30 de marzo de 2014

Personalidad sí, pero ¿me pones un ejemplo?

Tomando como punto de partida la anterior entrada voy a tratar de poner uno de los muchos ejemplos de pruebas objetivas que han sido desarrolladas durante los últimos años. La "minuciosidad" es un factor primario del modelo "big five" de personalidad.  Esto significa que hay multitud de subescalas en diferentes baterías de test que están dedicadas a medir este rasgo de personalidad. El problema es que el proceso por el cual se seleccionan los ítems en la teoría clásica de test suele hacer trampas. Me explico, los investigadores se plantean crear una prueba que mida la "minuciosidad" y la definen como "persistencia, órden, motivación y rigurosidad en la forma de llevar a cabo una tarea concreta". Esta definición simplemente no es operativa y no está integrada con una teoría de la conducta humana. Se plantean unos ítems que se siguen de la definición simplemente por "sentido común" -uno de los enemigos de la ciencia-. No hay un motivo claro, operativo para predecir que esos ítems serán buenos midiendo la minuciosidad a priori, aunque a posteriori hay un montó de justificaciones. La cosa es que al final sobreviven una serie de ítems simplemente porque tienen un índice de homogeneidad corregido aceptable, porque el test en su conjunto tiene consistencia interna y correlaciona con un criterio de validez externa etc. Pero todo esto no nos dice qué es lo que todos esos ítems miden exactamente, sabemos que miden algo similar, o al menos algo que estadísticamente guarda una alta correlación, pero nada más. A partir de ahí hay multitud de definiciones sobre qué es la "esencia" de la minuciosidad. Ahora veamos la alternativa a este panorama citando una parte del artículo que al final de la entrada se cita.

Instrumento.

La prueba objetiva diseñada a fin de evaluar el estilo interactivo “ejecución de una tarea de manera ordenada, organizada y siguiendo un patrón sistemático”, pone en juego una tarea consistente en encontrar y marcar con el ratón todas las imágenes iguales a una que sirve como modelo (en concreto un tipo de árbol) en una pantalla donde esa imagen está entremezclada con otras diferentes (otros tipos de árboles).

Aquí os ponto una matriz para que os hagáis a una idea de cómo era lo que el sujeto veía. Había un modelo y la tarea era marcar las imágenes similares al modelo.


Se planteaba la prueba de tal forma que la mayoría de la muestra pudiera resolver cada ítem en el tiempo de ejecución. Además el sujeto no sabía nada sobre qué se medía y tampoco sabía cómo de bien lo estaba haciendo, no tenía feedback. Estas medidas iban encaminadas a que el sujeto mostrara su comportamiento natural, el que emitiría en un contexto donde no hay unas contingencias claras.

La cosa es que en este estudio hay una matriz con muchos árboles ordenados en filas, ellos establecieron que el patrón ordenado, organizado y sistemático de una persona es lo que nos permite medir su minuciosidad. Las puntuaciones se daban de la siguiente forma, siguiendo filas. Había dos árboles correctos por fila o por columna, si el sujeto seguía las filas o las columnas e iba pulsando los dos árboles de la fila o la columna recibía un punto por fila o columna, por tanto recibía como máximo 7 puntos por ensayo. Para mí el enfoque es muy válido, pero la ejecución tiene una pega, ¿qué ocurre si alguien sigue un patrón ordenado, organizado y sistemático pero que no sigue filas? Ahí me da la impresión de que tuvieron un fallo metodológico grave en este estudio, pero como aproximación para mí es algo genial.

Por tanto imaginad, una persona que puntúe alto en esta prueba tenderá a repetir una y otra vez la misma estrategia que sabe que le funciona, en lugar de hacerla cada vez de una forma. Esto en según que puestos de trabajo puede ser una ventaja o una gran desventaja. Lo mejor de todo es que los ítems están planteados a priori siguiendo un modelo, sabemos por qué miden lo que miden y está muy claro -operativamente- cuál es la "esencia" de la minuciosidad en este estudio, la "esencia" no existe, la propia conducta que se mide es lo que se pretende medir y no hay una "esencia" tras la etiqueta "minuciosidad" que simplemente utilizamos para entendernos.

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Referencias:

Hernádez, J.M., Sánchez-Balmisa, C., Madrid, B., Santacreu, J.   La evaluación objetiva de la minuciosidad. Diseño de una prueba conductual. Análisis y modificación de conducta Vol 29, 455-477.

Hernádez, J.M., Lozano, J.H., Pei-Chun Shih, Santacreu, J., (2009). Validez convergente de dos pruebas de evlauación de la minuciosidad. Psicothema 2009. Vol. 21, no 1, pp. 133-140.








miércoles, 19 de marzo de 2014

La personalidad en perspectiva.

En esta entrada trataremos el tema de la personalidad. La personalidad es un término que -como muchos otros en psicología- proviene del lenguaje natural, no del lenguaje técnico. En un momento dado cosificamos dicho término asumiendo que había procesos, conductas u otras cosas tras él. Una vez ocurre esto la psicología comienza a hacer aproximaciones hacia la personalidad desde diferentes posturas teóricas, el problema es que tras la etiqueta "personalidad" hay demasiadas cosas, por lo que el estudio de la personalidad no ha encontrado un dominio de estudio claro.

Tradicionalmente la personalidad se ha estudiado tomando como objeto de estudio una muestra y situando a los individuos en una posición de la distribución en relación a su muestra. Para ello se han utilizado sobre todo tests de autoinforme que medían la conducta verbal, con varias respuestas cerradas que se caracterizaban por tomar datos -siguiendo las teorías de Cattell- tipo Q, es decir, datos que no enmascaran lo que pretenden medir (las pruebas objetivas toma datos tipo T). Esta forma de enfocar el estudio del concepto de personalidad es difícil de integrar con el modelo conductual y deja fuera a la persona -no tiene en cuenta su comportamiento en la vida real, no se entiende al organismo como un todo que interactúa con su entorno-. La personalidad -sea lo que sea- es algo que te distingue del resto, pero estas diferencias individuales se deben a invarianzas en el comportamiento de las personas. En este punto me parece interesante resaltar que los rasgos son meras etiquetas que describen y cuyo destilado estadístico solamente sirve para predecir la conducta -y esto ha sido muy útil en el ámbito de los recursos humanos, vamos a decirlo todo-. 

Ante este planteamiento viene surgiendo desde hace años otro enfoque ligado al modelo conductual. Ribes acuñó el concepto de "estilo interactivo". El "estilo interactivo" es la forma personal, idiosincrásica, consistente y estable que un individuo tiene de interaccionar con las situaciones. Y diréis "pero esa definición no es demasiado operativa", lo sé, pero cuando explique cómo las pruebas objetivas miden los "estilos interactivos" tendréis una idea muy operativa de qué es exactamente un "estilo interactivo". Además, la biología lleva siglos de avances sin tener una definición de vida, ¿acaso nosotros no vamos a poder avanzar tan bien como ellos? 

Para medir mediante una prueba objetiva la forma personal de cada uno a la hora de interaccionar con una situación, debemos plantear una situación de "contingencias abiertas", es decir, en la que no haya una respuesta más reforzante que las demás. Hay un viejo ejemplo que dice "si un burro tiene dos montones de comida a la misma distancia, ¿qué hará?". El burro irá hacia uno u otro montón en función de su historial de aprendizaje, de variables disposicionales etc., el caso es que el costo de respuesta es el mismo, pero hay variables que influyen, este ejemplo es una situación de "contingencias abiertas". En clase todos nos comportamos igual porque las contingencias son muy "cerradas", está muy claro qué respuestas son reforzadas y cuáles son castigadas o extinguidas. Necesitamos definir situaciones funcionalmente, de contingencias abiertas, sin contenidos que puedan sesgar -contenidos que hagan referencias a temas como religiones, ideologías... cosas así-. Si tomamos el supuesto de equivalencia funcional, encontramos que aunque variemos la morfología de una situación, si sus contingencias y los criterios a la hora de medir sus parámetros permanecen estables la interacción del organismo será similar.

¿Y cómo cuadra esto con un análisis funcional? Bien, si medimos en diferentes ensayos cómo el sujeto interactúa con una situación experimental variando su morfología pero manteniendo sus contingencias, podremos obtener un "perfil" de cuál es la conducta que el sujeto desplegará en el futuro ante situaciones funcionalmente similares. La conducta pasada es el mejor predictor de la conducta futura. Este "perfil" no sería ni más ni menos que una variable disposicional fruto del historial de aprendizaje de cada persona.

Ribes propuso una taxonomía de "estilos interactivos", desde mi punto de vista se equivocó. Mis argumentos son que los "estilos interactivos" no pueden pecar de lo mismo que los rasgos, si establecemos una taxonomía con el tiempo y el vicio la gente acabará atribuyendo causalidad a dichos estilos, además, puesto que el historial de aprendizaje de cada persona es único, cada persona tendrá un estilo único por lo que las taxonomías no sirven. Lo interesante de este planteamiento -a mi juicio- es que con una batería de pruebas objetivas informatizadas fiable y un manual de competencias que especifique qué tipo de situaciones tendrá que afrontar una persona en cada puesto, podríamos seleccionar personas con las habilidades adecuadas para cada puesto midiendo su conducta -y no solo su conducta verbal-. He dicho una batería de pruebas fiable, pero no he dicho "válida". ¿Por qué? La validez es un constructo necesario para los tests tradicionales porque predicen la conducta "y" en función de la conducta "x", sin embargo al predecir la conducta "y" en función de una respuesta que se da en una situación cuyas contingencias son similares, la validez no es necesaria ya que la conducta que medimos es una muestra de la que debemos predecir, y no una respuesta completamente diferente.

Como veis es un mundillo complicado este de las pruebas objetivas de personalidad, si necesitáis papers con pruebas concretas para haceros a una idea más clara mediante ejemplos podéis pedirlos comentando o en el mail jalarcon.guerrero@gmail.com , un saludo y espero no haberme puesto especialmente denso. 

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Referencias:

Hernández, J.M., Santacreu, J., Rubio, V., (1999). Evaluación de la personalidad: Una alternativa teórico-metodológica. Escritos de Psicología 3 20-28.

Ribes-Iñesta, E., (2009). La personalidad como organización de los estilos interactivos. Revista Mexicana de Psicología vol.26, 2, 145-161.