lunes, 6 de octubre de 2014

Cuando la muerte llega.

A priori podríamos pensar que la muerte de una persona influye sobre todo en esa persona, ya que finaliza su vida. Sin embargo los efectos que perduran en las personas allegadas al fallecido/a durante un tiempo relativamente largo no son desdeñables. De hecho como psicólogos debemos enfrentarnos a situaciones de duelo y ayudar a nuestros pacientes a adaptarse a ese cambio lo mejor que puedan. En esta entrada hablaré sobre cómo la muerte/desaparición de alguien influye en sus allegados. Sobre todo en torno a dos casos, ante una muerte brusca o ante una larga convalecencia que tiene como desenlace la muerte de una persona.



Desde mi punto de vista que la persona que ha muerto lo haya hecho tras una larga convalecencia o de forma brusca es algo importante. Una muerte brusca provoca una reacción emocional negativa que es especialmente intensa por no haber sido anticipada. Sin embargo una muerte tras una larga convalecencia ha sido anticipada por los seres queridos, por tanto experimentan una respuesta emocional muy negativa, pero a ella no se suma la sorpresa y se han "habituado" hasta cierto punto a la idea de perder a un ser querido.

Por otra parte cuando una persona ha muerto tras una larga convalecencia las personas más cercanas que cuidan de esa persona o que simplemente la ven día a día se han expuesto poco a poco a esa situación. Por ejemplo, cuando ves día tras día a una persona apenas notas los cambios que el paso del tiempo provoca en esa persona (arrugas, amarillean los dientes, aumenta el peso...). Te haces insensible hasta cierto punto a los cambios de esa persona, sin embargo si otro ve a esa persona de año en año notará mucho más los cambios. Con la muerte de una persona pasa algo parecido, día tras día vas enfrentándote a ligeros cambios en la salud de la persona, a un lento declive hasta que llega un punto en que se va. Es decir, te has habituado -hasta cierto punto ojo- a la situación, lo cual hace que la respuesta emocional ante la muerte no sea la misma que si hubiera pasado de forma brusca.

También ocurre en muchas ocasiones que una persona concreta, un hijo por ejemplo, debe cuidar a su madre durante años debido a una enfermedad crónica. Imaginemos que nadie ayuda a ese hijo, que ese hijo se pasa 24 horas al día 365 días al año cuidando de su madre, que ha renunciado a su pareja, a su trabajo, a su vida social, a sus hobbies. Además imaginad que cuidar a su madre es una tarea extremadamente dura. Suele ocurrir en estos casos que cuando se produce la muerte, el hijo experimenta una respuesta emocional negativa. PERO, resulta que ha recuperado muchísimo tiempo para él mismo y que ya no tiene que cuidar a su madre. Esto hace sentir una respuesta emocional negativa, pero ¿es que se alegra de la muerte de su madre? No, para nada, sin embargo muchas personas en esta situación se sienten culpables ante esa sensación de alivio que la muerte de un ser querido al que cuidaban evoca en ellos.

Es habitual también que la relación entre un enfermo y su cuidador (sobre todo cuando son familiares cercanos) se deteriore hasta un punto tal que ya no quede afecto entre ambos, aunque estos casos son muy extremos y muy raros.

Finalmente me gustaría reflexionar sobre dos puntos. En primer lugar las personas que hay a nuestro alrededor hacen cosas y dicen cosas. Tanto las cosas que hacen como las que dicen a su vez nos "ponen en movimiento", nos hacen sentir cosas, nos hacen actuar. Imaginad que muere una persona de nuestro entorno cercano, una persona con la que salíamos a correr, con la que charlábamos sobre música, con la que salíamos a tomar una copa por la noche. Si esa persona ya no está, a menudo dejamos de hacer todas esas cosas, sobre todo si sólo las hacíamos con esa persona. Esta es otra forma en cómo afecta la desaparición de una persona de nuestra vida.
En segundo lugar, las personas nos hacen sentir cosas. Nos hacen sentir felices, nostálgicos, tristes, iracundos etc. Cuando una persona que nos hacía sentir bien se va -como nuestra pareja- de repente el hecho simplemente de no verla nos priva de sentir eso que sentíamos cuando la veíamos cada mañana al despertarnos. Esa es otra forma en la que la muerte de un ser querido influye en nuestra vida.

Para finalizar, ¿sabéis qué es lo bueno de todo esto? Que tenemos la capacidad de seguir adelante, incluso si se nos tuerce el camino podemos recurrir a ayuda profesional y entonces sí, podemos continuar con nuestra vida. Y eso no significará -para nada- que hayamos olvidado al ser querido que murió, o que ya no nos importe, no, eso significará que hemos afrontado de forma saludable algo a lo que -de una forma u otra- debemos enfrentarnos en nuestra vida.


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